• Por: Fernanda Rojas

    Una pregunta de repetición: un espectro es siempre un revenant (…) comienza por volver¨

    -Jacques Derrida-

    El estreno de La bola negra no llega para contar una historia simple, sino para volver  sobre una que parece negarse a desaparecer. La nueva película de Los Javis se construye alrededor de tres hombres separados por varias décadas: Sebastián, un joven músico atrapado por las circunstancias de la guerra civil; Carlos, cuya vida en la España de los años treinta queda marcada por las fronteras sociales que determinan quién pertenece y quién queda fuera; y Alberto, un hombre del presente que se encuentra con los restos de una historia familiar que hasta entonces había permanecido fragmentada y en silencio.

    En el caso de Sebastián, la guerra introduce una contradicción que será fundamental para el filme: su reconocimiento en uno de los bandos no termina de explicar por completo quién es. Obligado a convertirse en soldado por las circunstancias y no por convicción ideológica, termina enfrentándose a una experiencia para la que ninguna identidad política parece prepararlo. Aquello que tiene que reconocerse como enemigo, se convierte en el objeto de su deseo, y la música, que en su vida precedía a la guerra, queda atravesada por ella. 

    Carlos vive en otro momento histórico, pero se encuentra igualmente frente a una sociedad que establece categorías de pertenencia y exclusión. Lo que en Sebastián aparece como conflicto entre el individuo y el bando al que ha sido incorporado, en Carlos se manifiesta en la mirada de una sociedad que decide qué puede ser un hombre y qué debe quedar oculto. Su historia introduce además uno de los símbolos que dará título a la película: una marca de exclusión que puede permanecer mucho más tiempo que las circunstancias que lo produjeron. 

    En el presente se encuentra Alberto, que no recibe directamente la experiencia de quienes estuvieron antes que él, sino sólo sus rastros. Representa a aquellos que no vivieron la guerra, pero heredaron las consecuencias indirectas de ese conflicto. Lo que para otros es vivido, para él aparece como ausencia, silencio y fragmento. Su recorrido consiste, en buena medida, en intentar reconstruir aquello que su familia no le transmitió de forma completa y descubrir hasta qué punto una historia aparentemente terminada puede seguir produciendo efectos en quienes no la vivieron.   

    La bola negra se trata, más que de historias independientes hiladas con una aguja muy delgada, de una misma estructura reapareciendo bajo condiciones históricas, políticas y culturales diferentes. Son tres hombres en tres momentos separados por décadas y atravesados por la repetición y la diferencia, que nos dejan con preguntas difíciles de responder:  ¿Qué persiste? ¿Qué sobrevive?

    ¿Una forma de desear? 

    ¿Una forma de callar? 

    ¿Una forma de tener miedo?

    ¿Una herida?

    ¿Un secreto? 

    ¿Un objeto? 

    ¿Una obra? 

    ¿O quizá una imposibilidad? 

    Si miramos antropológicamente la Historia, entendemos también que no es sólo la narración de los acontecimientos y menos aún la revisión puramente cronológica del pasado, sino en esencia la explicación de procesos, de sus involucrados y sus consecuencias; de aquello material e inmaterial que persiste en el tiempo y que da pie a que generaciones pasadas y presentes se reconozcan entre sí: una foto, una casa, un libro, un nombre que no se pronuncia, una historia incompleta, una versión de los hechos o una sensación de que hay algo que no debe preguntarse. Por eso es que La bola negra nos habla de la memoria intergeneracional, de cómo el pasado produce presente, de la forma en que la generación posterior no recibe la experiencia de quien la precede como una película grabada y sólo obtiene de ella fragmentos, respuestas a medias, conflictos y debe entonces reconstruirla, transformarla o incluso repetirla sin saber que la está repitiendo, pues la transmisión no conserva intacto al pasado, lo reinventa o lo reproduce. Cambiará el régimen político, las normas sociales, la forma de ver la homosexualidad, la manera de construir la identidad, pero las preguntas centrales parecen ser siempre -o casi siempre- las mismas. Por eso nuestros tres protagonistas pueden estar viviendo condiciones semejantes sin estar viviendo necesariamente la misma historia. 

    Es así como aparece Lorca. Los Javis utilizan su lenguaje no sólo como referencia estética, sino como una forma de hacer visible aquello que atraviesa las tres narrativas: el deseo homoerótico que cambia de contexto, pero no desaparece. El hombre que debería ser otro, el que debería pertenecer al bando contrario, a otra clase, a otra forma de vida, se convierte en aquel hacia quien se dirige el deseo. Pero aquello que no puede nombrarse tampoco desaparece: se transforma en silencio y el silencio termina convirtiéndose en una de las formas de transmitir la historia. Nadie dice que hubo un hombre, nadie pregunta el porqué de un texto inacabado, del porqué una foto está guardada, nadie pronuncia aquello que ocurrió; y sin embargo, algo de esa experiencia consigue atravesar las generaciones. La homosexualidad que no se nombra también se hereda, no como identidad, sino como ausencia, secreto o interrogante. 

    La película es profunda, pícara y sublime; es un salto al mundo del homoerotismo y del auto-re-conocimiento, pero también a las formas en que una sociedad produce silencios, cómo hereda categorías, cómo sus muertos continúan teniendo agencia en los vivos y sobre todo, cómo el pasado se traduce en presente. 

    Rating: 3.5 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    Últimamente me propuse ver películas de Aki Kaurismäki. Después de Fallen Leaves quedé encantada con la sobriedad de sus personajes; una sobriedad que, a decir verdad, creí arbitraria porque entonces no sabía de dónde podía provenir.

    Ahora que estoy terminando su famosa y antañísima Trilogía del proletariado, más de treinta años después de sus primeras películas, encuentro en ella una explicación posible. Y también una discusión que me interesa abrir.

    Kaurismäki deja una fiel prueba —como tantas otras películas lo han hecho— de que para hablar del proletariado no hace falta hacerlo necesariamente desde una perspectiva de política rigurosa. Es y sigue siendo indispensable dejar de hacerlo únicamente desde ella para acercarnos a algo mucho más difícil de nombrar: lo que es un trabajador, sí, pero también lo que es -o mejor dicho lo que somos- en complejidad.

    Quizá —y me atrevo a iniciar aquí una discusión— haberlos encasillado históricamente en la figura del “obrero explotado” generó una brecha por la que hoy muchos podemos mirarlo como un ente externo: alguien que existe, pero del cual no formamos parte. Y con ello se diluyen identidades que quizá sería importante rescatar.

    Somos reacios a iniciar una conversación de ese tipo porque la llevamos inmediatamente al terreno incierto y rígido de los planteamientos sociológicos o económicos. Hablamos de clase, explotación, precariedad, capital. Y sin embargo, dejamos de lado algo mucho más sustancial y mucho menos riguroso: el sentido de la vida cotidiana que ocurre alrededor de todo ello.

    Entonces allí es donde aparece Kaurismäki.

    Sus películas plantean cómo sería la búsqueda del ser de aquellos que nos enfrentamos a la incertidumbre de un sistema capitalista siempre en crisis, ahora atravesado además por la difusión irreal de las tecnologías; un sistema que puede ofrecernos poco, que nos encierra en vidas de alternativas cada vez más estrechas y que, sin embargo, no consigue eliminar nuestra necesidad de querer, de encontrarnos, de estar con alguien.

    La sobriedad de sus personajes no es ausencia de complejidad. Es justamente lo contrario, pues su silencio es una forma de restitución: les devuelve el derecho a existir sin tener que explicarse constantemente.

    Son seres taciturnos y solitarios que deambulan por la vida durante y después de la tormentosa jornada laboral. Sus relaciones amorosas se forman con una determinación que no necesita demasiado dramatismo ni personajes excéntricos que griten lo que sienten. Sus tropiezos provienen casi siempre de algo que los excede: la monotonía que los envuelve, las labores, el dinero, las circunstancias. Como si el mundo exterior insistiera en recordarnos que, para algunos, incluso amar puede convertirse en un asunto material. -¿Acaso no hay vida amorosa si uno es pobre?-, pregunta de otra manera Perfect Days.

    Quizá la fascinación por Kaurismäki recae precisamente en eso: en personajes que no necesitan precipitarse para demostrar que poseen una enorme complejidad interior. No hacen falta diálogos rebuscados ni líneas interminables que pierden la atención del espectador después de unos minutos y que le imponen la necesidad irrisoria de descifrarlas o aprenderlas.

    Y algo fundamental: no hay en él una ternura sentimentalista. Sus películas pueden parecer brutalmente tristes, pero no son miserables. Y cuando aparece el amor, la amistad, la solidaridad o incluso un pequeño gesto de bondad, no parece una recompensa moral por haber sufrido. Es simplemente algo que puede ocurrir entre seres humanos.

    Además vuelve a herramientas que el cine ya había descubierto mucho antes. La mirada, el gesto, el silencio, la espera. Instrumentos fascinantes que ya ofrecía el cine silente y que aquí adquieren una nueva dimensión: no para hacer callar a sus personajes, sino para permitirnos observarlos.

    Y quizá ahí está su mayor gesto político. No en explicarnos qué significa ser proletario, sino en devolverle a esas vidas algo que las categorías pueden terminar quitándoles: su singularidad.

    Ese cine es la demostración de los quiebres existenciales de hombres y mujeres que se pierden en el desasosiego, en la monotonía, en la precariedad y en la soledad, pero que parecen estar destinados, una y otra vez, a volver a encontrarse.

    Rating: 4 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    ¨La infancia es una isla donde reside la magia y

    donde acechan los ecos oscuros y premonitorios de la violencia¨

    ecos oscuros y premonitorios de la violencia¨

    -Jennifer Clement-

    En una comunidad de la sierra de Guerrero, donde crecer siendo niña implica aprender demasiado pronto a esconderse, Ana vive con su madre Rita, quien hace todo lo posible por protegerla de quienes recorren el pueblo buscando llevarse a las niñas. La rapa, la viste como un varón y construye un escondite bajo tierra donde pueda refugiarse cuando el peligro se acerca. Entre juegos, amistad, primeros amores y una violencia que irrumpe constantemente en sus vidas, Ana y sus amigas María y Paula intentan descubrir cómo ser niñas en un lugar que parece empeñado en no permitirles serlo.

    De ese modo, después de una serie de crímenes cometidos en el pueblo, Ana encontrará en el cariño de su madre, sus amigas y sus vecinos, una nueva forma de enfrentar las adversidades. 
    Lo más importante de señalar en una película así, es que Tatiana no tiene la intención de hacer de ella una película más sobre los estragos de la violencia a gran escala, sino que decide poner su atención en la resiliencia y la determinación de sus personajes para dejar de verlos como unas víctimas resignadas de sus circunstancias, por ello es que, en medio de tantos problemas, Ana descubre su primer amor, experimenta cambios físicos y emocionales propios de su edad, encuentra a sus amigas también como compañeras que atraviesan por las mismas dificultades y entiende -de la forma más real y penosa- que ser mujer en un país como el nuestro resulta ser casi una desgracia.

    Y sin embargo, la directora nos guía durante todo el film con una sinergia entre los personajes femeninos que poco es visto en el cine, demostrando también que la complejidad, solidaridad e inocencia de los lazos que pueden unir a unas niñas que experimentan un mundo tan hostil, es también parte de un panorama esperanzador para los peligros que vivimos todos los días y que aunque hay victimarios que destruyen y perturban la vida en comunidad, siempre existirán resistencias que no dejan que la crueldad quiebre los espíritus. 

    Rating: 3 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    Estamos en Los Ángeles. Una estrella de televisión, Elisabeth Sparkle ha dejado de encajar en los estándares de belleza que alguna vez la hicieron deseable. Después de ver su carrera cayendo en picada, recibe de forma anónima la oportunidad de crear una versión más joven y mejorada de sí misma. Lo que comienza como una promesa de recuperar aquello que parece perdido, pronto se convierte en una relación cada vez más perturbadora con su propio cuerpo, su imagen y los límites que está dispuesta a cruzar para conservarlo.

    La sustancia es básicamente un cliché , pero muy bien contado. Nos pone en la mesa -de forma violenta y descarnada- las consecuencias de nuestra lucha constante por alcanzar estándares físicos de una belleza efímera, que aparecen hoy más vigentes que nunca. El gran acierto es que lo hace, no con una narrativa moralina del drama, sino desde lo grotesco, transgresor y perturbador del body horror. ¿Quién se atrevería a decir que los géneros fílmicos que menos han sido del agrado de las masas, no tienen derecho a concientizarnos sobre problemas de este tamaño?
    Esa es precisamente la necesidad de darle espacio a estas narrativas, que sean fieles a su estilo, pero pongan el dedo sobre estos temas.


    El papel que juega el cuerpo en la actualidad, aunado a las tecnologías y estéticas demandantes de la televisión y las redes sociales, debería causarnos el mismo rechazo que nos causa The substance. La búsqueda por transformarlo, trastocarlo, mutarlo hasta el límite, sin un punto de satisfacción, es lo verdaderamente preocupante.
    Véanla, no la disfruten porque no podrán (y quizá tampoco es su intención). Las referencias a nuestras películas de terror consentidas están ahí y la actuación de una Demi Moore (que quizá más que nadie puede entender la historia) es buenísima.

    Rating: 4 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    Esta película nos sitúa en la cocina de The Grill, un restaurante de lujo en el corazón de Nueva York, donde una jornada de trabajo puede convertirse rápidamente en una batalla por sobrevivir. Entre cocineros, camareras y demás trabajadores, seguimos a Pedro, un joven inmigrante que intenta abrirse camino dentro de un lugar que parece ofrecerle una oportunidad, mientras a su alrededor se entrecruzan romances, conflictos, precariedad y pequeñas violencias cotidianas. Cuando un faltante de dinero en la caja desata una búsqueda de culpables, las tensiones que ya existían dentro de la cocina comienzan a hacerse evidentes y aquello que parecía ser sólo un lugar de trabajo termina revelándose como un pequeño mundo atravesado por las mismas desigualdades que existen fuera de sus paredes.

    La cocina nos hace un recorrido casi de forma voyeurista dentro de esta cocina, mostrando no sólo la dinámica práctica de una profesión tan compleja, sino también de las relaciones sociales que se expresan en ella. Es tan visualmente buena que nos vuelve cómplices de todo lo que a puerta cerrada cualquiera como cliente no puede o no quiere ver.

    Si pensamos en esa discusión ya introducida por Marx sobre el fetichismo de las mercancías —la creencia de que estas existen per se y no como producto de una división del trabajo particular, en la que debemos incluir también la explotación—, entendemos que este mecanismo de despojo está en todos lados, incluso detrás del plato fancy de comida que pedimos. De modo que La cocina nos lleva hasta el punto de partida donde eso que consumimos surge como el producto de un engranaje de personas y vínculos desiguales entre ellas que se esconden detrás de todo lo que consumimos.

    Parece olvidarse el hecho de que quienes tienen que producir algo están sometidos a ritmos acelerados, a la precarización del mercado laboral y en el caso de migrantes, a una sucesión de violencias y privación de derechos que ha tomado mucha fuerza en la actualidad. Ellos son humanos que, como cualquier otro, tienen expectativas y sueños que muchas veces, y especialmente en Estados Unidos, se están desvaneciendo entre el humo del Grill.

    La película tiene un buen timing que nos lleva de escenas sumamente lentas y casi sin diálogos a otras donde el caos reina por completo bajo el rush del lugar. Y si hay un gran acierto en ella es que la cocina se convierte no sólo en el espacio en el que suceden todas las acciones —el faltante en la caja se vuelve una cacería de brujas donde los principales sospechosos son siempre los marginados; el amorío entre el cocinero Pedro y la camarera Julia los obliga a tomar decisiones sobre sí mismos y los confronta con sus propias realidades—, sino también en un personaje en sí mismo.

    La cocina es el crisol de culturas, esperanza para algunos y quizá el infierno para otros. En ella se gasta la vida y se bromea de forma irónica; todo y todos dentro de ella se mueven en una danza bien fotografiada y diseñada, además, en un blanco y negro que sí le hace mucha justicia.

    Sin embargo, después de un rato los desaciertos comienzan a aparecer. En el intento por abordar demasiado, por pensar casi minuciosamente cada escena para que sea atractiva, la película pierde sus premisas fundamentales, si no es que estas siempre fueron banales. Los personajes olvidan su propia lógica y el propósito de su existencia, al igual que Nonzo, quien narra una historia preciosa que cautiva a sus compañeros y a la audiencia allá afuera de la pantalla, pero que no termina por desembocar en ningún lugar.

    La línea narrativa es confusa, perdida al final, como quien comienza una buena idea que fluye y fluye pero no sabe dónde aterrizar y se conforma con el palabrerío y los destellos que dejó en el camino.

    The Kitchen tiene muy buenas ideas que, visualmente, ya están bien ejecutadas, pero también es una película a la que le faltó dar un salto todavía grande para posicionarse como una historia que no sólo se ve bien, sino que cohesiona de mejor forma todos sus elementos y que no se queda corta en un intento por denunciar la deshumanización a la que nos ha sometido, evidentemente, este capitalismo tan salvaje y agresivo.

    Rating: 1.5 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    “Para una madre, la desaparición significa un espacio sin tregua, una angustia larga, no sé, no hay resignación ni consuelo, ni tiempo para que cicatrice la herida; la muerte mata la esperanza, pero la desaparición es intolerable porque ni mata ni deja vivir”

    -Elena Poniatowska-

    Aún estoy aquí se suma a una filmografía que retrata el dolor y el impacto, individual y colectivo, que provocan las desapariciones forzadas y las heridas que permanecen históricamente abiertas. En ella seguimos el drama de una familia que se desarrolla en medio de la dictadura militar brasileña, iniciada en 1964, una época marcada también por grandes movimientos estudiantiles y obreros alrededor del mundo y por una ferviente búsqueda de distintas formas de liberación.

    La película recae fuertemente en la actuación de sus personajes, cuya empatía inicial es apenas la antesala del viaje al que nos lleva la historia y que termina por aterrizarnos cuando la realidad nos pega directamente en la cara.

    Fernanda Torres encarna a Eunice, esposa del diputado Rubens Paiva y madre de cinco hijos, que busca mantener por todas las vías la cohesión de una familia amorosa que vive en medio de una crisis política y militar. Después del secuestro de su esposo —y tras convertirse ella misma en sobreviviente de las torturas perpetradas por el Estado—, Eunice enfrenta una violencia que no busca únicamente eliminar a sus opositores, sino quebrar deliberadamente sus espíritus y su humanidad.

    Aún estoy aquí no puede ser mucho más fiel a la realidad cuando nos muestra que, detrás de las risas, las reuniones y la vida comunitaria, podemos ver pasar camiones repletos de militares que, lejos de dar una sensación de paz, se convierten en una amenaza para la vida en armonía. Son un recordatorio de que, en el lugar que sea, son ellos quienes tienen las armas a su favor y nosotros quienes formamos parte del esquema que decide cuándo y cómo debemos actuar.

    El esclarecimiento de las desapariciones implica también una deuda con sus familias: dignificar y enunciar la muerte. No desaparecieron por magia, no decidieron irse, se los llevaron arbitraria e inhumanamente. Repetir una y otra vez FUE EL ESTADO no es un panfleto: es nombrar un delito que enoja, que frustra y que duele profundamente.

    Esclarecer, nombrar, recordar, pero especialmente —y por encima de todo— evitar que vuelva a suceder. Ese debería ser el camino.

    Y el cine, como herramienta poderosísima de memoria y de masas, sigue retratándolo como un acto de resistencia.

    Que viva el cine brasileño. Y, en general, que viva el cine latinoamericano.

    Rating: 3.5 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    «Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.»

    Gálatas 3:28

    Probablemente ya escuchamos infinidad de veces que si hay temas en los que no podemos ponernos de acuerdo son la Política y la Religión, y hemos pasado mucho más tiempo tratando de hacer una separación entre ambos campos que no puede ser más que irreal. Lo que sí es un hecho es que, precisamente porque están tan relacionadas,  resulta importante ver cómo ambas <<fuerzas>> guían el rumbo del mundo. Y es que ¿Quién no ha presenciado a aquellos políticos que, intentando hablar de esa política dura y pura, perjuran que esta tiene que mantenerse al margen de los sentimentalismos religiosos y, sin embargo, actúan con los preceptos de la moral judeocristiana más retrógrada para gobernar a un país entero? o ¿Qué miembro del clero no ha declarado que la fe y el amor hacia dios y nuestros iguales son la respuesta a los problemas del mundo, mientras vemos que son también los más interesados en mantener su status formado jerárquicamente y actúan casi a modo de monarquía, igualmente, para ¨guiar¨ a la humanidad? ¿Quién podría negar su protagonismo en guerras que son no sólo de carácter político, económico sino también religioso? por poner sólo los ejemplos más burdos y cotidianos. 

    Como ya decía algún antropólogo de las religiones, es necesario partir de un precepto que resulta fundamental: entender y reflexionar la dimensión humana de la creencia. Cualquiera que intente separar las esferas en las que los humanos actuamos, estará fracasando en el intento. Lo que sí es posible, es mirar primero desde alguna, sin perder de vista las demás. Para entender un fenómeno religioso hace falta observar que los sujetos actuamos en contextos específicos de normas, valores, creencias y tradiciones específicas que determinarán, en primera instancia, nuestra participación en dichos sistemas religiosos que, dicho sea de paso, en sociedades complejas están influenciados por procesos derivados de la globalización: migraciones, formas particulares de consumo, el papel determinante de los dispositivos electrónicos, así como de los organismos mediáticos, y no en menor medida, de las coyunturas políticas y sociales en turno. Es así como podemos imaginar que, en un suceso tan impresionante como lo es el Cónclave, cuya finalidad es elegir al nuevo papa por «inspiración del espíritu santo», las diferencias culturales van a ser imprescindibles sobre lo que a puerta cerrada sucede para lograrlo. Y es es el primer acierto de Cónclave, la nueva película de Edward Berger, protagonizada por Raplh Fiennes y Stanley Tucci. 

    La historia inicia con uno de los sucesos más grandes e influyentes del mundo: el papa en turno ha muerto y es indispensable encontrarle un sustituto. El cardenal Lawrence es designado para ser el encargado de reunir a los cardenales de todo el mundo y llevar a cabo la travesía que estará llena de mentiras, egos y trampas de aquellos que buscarán a cualquier precio, tomar el cáliz. La lucha se tornará feroz al volverse después una disputa en contra del relativismo cultural que ni si quiera la misma Iglesia ha podido controlar, sino por el contrario, ha logrado avivar en cuanto a la poca tolerancia por la otredad se refiere, pues éste ha sido siempre una amenaza directa hacia su propio esquema. Acompañada de una fotografía cuidada desde el primer hasta el último plano y que no por ello olvida su cohesión con los demás elementos como un guión sencillo, pero bien estructurado, un diseño de producción gigante y un cast realmente impecable, Cónclave nos lleva hasta el interior de un lugar del que poco podríamos saber y al que casi nadie puede acceder, pues el mundo sólo ha sabido de ello al esperar la famosa fumata blanca desprendida en lo alto de la capilla Sixtina anunciando que un nuevo papa ha llegado… ¿al poder?

    Y no solo eso, también se nos presenta como un viaje en el que, en medio de lo que parece una campaña electoral, se viven crisis de fe que muestran la fragilidad del hombre ante el propio hombre, pues «no se trata de la pérdida de fe en Dios, sino en la Iglesia», en aquella Institución tan antigua como rígida. Quien no se ha enfrentado a esto, quizá es porque tampoco se ha enfrentado a la desilusión de dudar sobre aquellos principios por los que se ha guiado y ese es el segundo gran acierto de este filme. Que nos lleva de la mano por ese proceso de poner en tela de juicio nuestros valores e ideales, dejándonos sentados en la sala de cine cuestionando qué tan partícipes somos de lo que pasa allá afuera. 

    Para bien y para mal, Cónclave termina siendo una de las aquellas películas llamadas a cumplir «la agenda» y se ve obligada a regalarnos un final que, aunque peca de predecible, también peca de justo en un contexto donde las diferencias culturales, llámense de género, de ideas, de clases,  se ven cada vez más amenazadas por la indiferencia y por la ambición. 

    Al fin y al cabo, en un mundo lleno de mezquindades, quizá la fe sí podrá salvarnos, pero no sólo en dios sino en nosotros mismos y en los que nos rodean. 

    Rating: 3 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    En la pasada 97a entrega de los Oscar, vimos entre las nominadas películas que destacaron principalmente por retratar historias en contextos sumamente violentos y dolorosos que nos replantean echar de nuevo una mirada al pasado. Ya sean las consecuencias del holocausto que vemos en The Brutalist, las condiciones de vida deplorables encontradas en The Girl with the Needle o las desapariciones forzadas durante la dictadura militar en Brasil a las que nos lleva Aun Estoy aquí.

    Y entre ellas, quizá hay una que destaca por su simplicidad y belleza: A real Pain (2024), que nos lleva por un viaje a la road movie de la mano de David y Benji, dos primos interpretados por Kieran Culkin y Jesse Eisenberg, (ahora la dupla más aclamada para esta entrega por la química que irradian) y quienes después de la muerte de su abuela, se reúnen para cumplir una de las promesas que hicieron: hacer un tour del holocausto y conocer el lugar en el que ella vivió antes de la tragedia. 

    Es verdad que la historia puede no parecer innovadora y, en realidad, no lo es. Pero tiene un encanto que otras que han intentado hablar sobre la misma época pueden no tener: una fiel y empática necesidad por reivindicar el dolor, y no sólo el individual, fruto de las batallas internas que pueden tener los humanos y que se encarnan bien en cada uno de los personajes; sino en el dolor colectivo, aquel que vive y persiste en la memoria histórica del mundo, como lo es la persecución y asesinato de judíos a manos de los nazis. Pero por encima de eso, la película logra re-humanizar y dignificar a un pueblo que en realidad luchó incansablemente por no perecer y por no ser borrado de la historia. 

    Ya desde la primera parada del Tour, frente a nuestros personajes aparece el Monumento a los Héroes de Varsovia y entendemos perfecto la premisa que nos guiará como espectadores: éste no fue un pueblo al que simplemente llevaron al matadero, esto es, que cuando pensamos en los pueblos judíos, nos vamos directo al holocausto e incluso, a los nazis. Y sin embargo, A real Pain nos obliga a hacer el ejercicio contrario: mucho antes y mucho después de los abusos, eran personas con características muy específicas que vivían una vida como cualquier otra. Así vemos por ejemplo, imágenes de lo que era Lublin: tenía una cervecería, una sinagoga o una tintorería y ese viaje visual nos lo regala Eissenberg con el mayor respeto que se le puede tener e un tema tan delicado como este. 

    No olvidemos también, que en este periodo específico existieron múltiples resistencias al llamado «exterminio», no sólo armadas y cuyo ejemplo más emblemático fue la rebelión del Guetto de Varsovia, sino otras organizadas como el tráfico de alimentos y medicamentos; las de índole política que implicaba la publicación de periódicos y documentos para democratizar la verdad, hasta aquellas de índole cultural y simbólica que buscaban preservar la vida comunitaria, así como las expresiones artísticas de los pueblos. 

    Que una película con toques tan cómicos y giros tan dramáticos como esta, pueda generar una empatía tan grande en el espectador, sólo se traduce en una capacidad increíble para acercarse al mundo y a la memoria, bajo la regla más importante de todas: ningún dolor, en cualquiera de sus formas, se vuelve más grande o más importante que otro, y la única forma de seguir adelante, es aceptándolo y haciéndolo parte de nosotros mismos, es por eso que A real Pain es preciosa, empática, sensible y al mismo tiempo, nos enfrenta con nuestra propia fragilidad ante el mundo. 

    Rating: 2.5 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    Y por ahí andamos cargando los fantasmas de nuestros muertos,

    lo fantasmas de nuestros escasos traidores, los fantasmas de nuestros suicidas”

    –68, Paco Ignacio Taibo II–

    La ópera prima de Pierre-Saint Martin brilla con diez nominaciones en la próxima entrega 67 de los premios Ariel, entre ellas en la categoría de Mejor Película,  Mejor Guión Original y Mejor dirección Con una historia bien sintetizada e imágenes que se mueven entre claroscuros, No nos moverán resalta por su capacidad de traer de vuelta una de las heridas más profundas del México contemporáneo: la masacre estudiantil del 68, un suceso que marcó un precedente y llevó -entre otros- a la construcción del imaginario colectivo de resistencia estudiantil y que dejó claras, de forma violenta y cínica, las consecuencias de la política más burda y sucia que hoy en día permanece.

    Si bien tenemos ya una filmografía basta sobre aquel suceso. que van desde las recopilaciones de primera mano de El grito (1968), los testimonios de Tlatelolco, verano del 68 (2013), algunas ficciones como Borrar la memoria (2010), Rojo Amanecer (1989) e incluso Los parecidos (2015), que muestran sus daños colaterales durante y después de aquel acontecimiento; No nos moverán hace lo propio construyendo su retrato de una forma original: mostrando las heridas abiertas de alguien a quien le arrebataron a su familia, de quien sufre una vida marcada por la tragedia, el dolor y la frustración.

    Así conocemos a Socorro, una abogada solitaria que busca por todas las vías vengar la muerte de su hermano que fue asesinado en aquella fatídica tarde. Agotando todos sus recursos en un sistema que de por sí es corrupto, logra dar con el contacto del militar que lo mató y emprende un plan macabro para tomar justicia por su propia mano. Con un humor negro y un fiel escudero que evoca a Sancho Panza contemporáneo llamado Siddartha (quien le debe fidelidad y más aun, la libertad) nos hace un viaje introspectivo en la memoria de una hermana que ha estado toda su vida sufriendo los estragos de un sistema que arrebató miles de vidas y que hoy día no se resigna a esclarecer aquellos hechos.   

    En un contexto como este, las preguntas sobre la posibilidad de “seguir adelante” sin hablar de la verdad siguen vigentes, suponiendo que basta con no mirar atrás y deslindarse de una realidad cruel cuyas reminiscencias cobran factura en el hoy.  

    Si hay algo que nos debe quedar claro es que los estragos se viven de formas diversas en especial cuando parece que no hay justicia que se pueda obtener en un país que mata, que tortura y desaparece personas. El retrato de una de tantas de ellas se nos regala en un filme como este, con aciertos no sólo en el sentido estético sino también narrativo.

    Rating: 3 out of 5.
  • Por: Fernanda Rojas

    «Una casa inhabitable, sucia, apenas suficiente para servir

     de abrigo nocturno, raramente con calefacción, mal amueblada 

    y donde con frecuencia la lluvia penetra, una atmósfera asfixiante 

    en una pieza con muchas personas, no permiten la menor vida en familia.»

    Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra

    The Girl with the Needle (2024) llega a pantallas en el margen de múltiples crisis en el mundo. Y lo hace precisamente mostrando los problemas que una sociedad tan compleja puede experimentar simultáneamente, encarnándolo en apenas un puñado de personajes. 

    La historia cuenta la vida de Karoline, una joven obrera que después de no saber sobre su esposo enlistado en la guerra, intenta seguir con su vida en un mundo en el que parece no tener posibilidades. Un romance irreal con el hijo de unos burgueses, un embarazo no deseado y un modo de vida paupérrimo la llevarán a cruzarse con Dogmar Overbye, una mujer que promete ayudarle a solucionar algunos problemas, aunque de una forma particularmente tenebrosa.

    Si hay un acierto grande en la película dirigida por Magnus Von Horn, es que muestra los efectos de la guerra (y más acertadamente del capitalismo y la predecesora Revolución Industrial) en un Copenhague de inicios del S. XX. 

    Quizá para quien ha mirado la película sin mayor contexto, caerá en la trampa de creer que nuestra protagonista está pasando por las desgracias más increíbles salidas de la mera imaginación del director, pero por el contrario, éste está invitándonos a hacer un viaje histórico, pensando en las condiciones de vida de aquellos hombres y mujeres más desfavorecidos en una época que parece lejana para nosotros. Mirar directamente que se podía vivir en una ciudad tan nauseabunda, dentro de una habitación sin ventilación teniendo que defecar en un balde, no es producto de la mera imaginación o capricho del guionista, sino de una desigualdad cruel que lleva más de un siglo implantada entre nosotros. 

    Ya Engels, aquel filósofo Alemán cercano a Marx, nos regalaba una descripción profunda y crítica sobre la situación de la clase obrera en la Inglaterra victoriana, que nos acerca a esas formas de vida y nos empuja, incluso hoy día, a no olvidar sus estragos…

    «Ella yacía muerta al lado de su hijo sobre un montón de plumas esparcidas sobre su cuerpo casi desnudo, pues no había allí ni frazada ni sábanas. Las plumas se pegaban de tal modo a su cuerpo, que hubo que limpiar el cadáver para que el médico pudiera examinarlo; él lo halló encarnado  lleno de parásitos. En el piso de la pieza había un hoyo que servía de retrete a la familia.»

    Y no sólo esto, además, Von Horn aborda el aborto con un horror acompañado por una fotografía en blanco y negro preciosa, que nos lleva al terreno filosófico de la moral, dejándonos una carta abierta con la responsabilidad de definir cómo es que nos comportamos ante situaciones que incomodan. 

    Estamos también ante una película (no la única, por su puesto) que rompe con la tradición de las narrativas en el cine bélico. No se trata de ver combates increíbles, de enaltecer la honorabilidad de quienes se van a la línea de combate o por contrario, de sentir lástima por los que pierden todo allí, sino de enfocarnos en el punto de vista de quien se queda y específicamente, de las mujeres que son víctimas directas de la guerra y de muchas otras opresiones que se mezclan allí donde hay aún menos posibilidades de salir.

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